Llegada a Castellón, noviembre de 1956. Imagen: Maribel Barros.

Puerto de Castellón, noviembre de 1956.  Familiares en el muelle, con los repatriados aún a bordo pendientes del desembarco.

Sep 13, 2020

En el Crimea II: de Estambul a Castellón

малина *

Recuerdo que… (Parte II: “De Estambul a Castellón”)

Mi memoria selectiva quedó varada en la imagen de Estambul. El Crimea prosiguió su viaje. El siguiente recuerdo claro es de cuando cruzábamos frente a las costas de Cerdeña, rumbo a Valencia por el Mediterráneo. Se desató una tormenta muy fuerte, hasta el punto de que las olas cruzaban el barco de un lado a otro y navegaba completamente ladeado. En esas circunstancias, ya nadie pudo ir al comedor. Andar por los pasillos era peligroso, especialmente para los niños, por lo que quedamos encerrados en los camarotes, vomitando todos sin excepción. La situación solamente se normalizó al cruzar las Baleares. Llegamos al medio día a escasa distancia del puerto de Valencia y ya casi se divisaba el contorno de la ciudad. Sin embargo, cuando todos nos preparábamos para la emoción de la llegada prevista, el barco, en vez de avanzar, se paró y tiró el ancla. No sabíamos lo que sucedía. Desconozco si los pasajeros adultos lo supieron, yo lo supe años después.

Lo que ocurrió fue lo siguiente: el nuestro era el tercer viaje, los dos anteriores habían llegado a Valencia con un recibimiento contenido. Estaban las autoridades y los familiares, algún periodista, algunas fuerzas de seguridad y nada más. En esta ocasión, en que las repatriaciones ya eran de conocimiento público, hubo un aviso de una manifestación de falangistas para recibirnos (se pueden imaginar las intenciones), lo que no fue del agrado de las autoridades, no querían líos. Como se supo cuando faltaban apenas horas del arribo del Crimea, se le dio la orden al barco de anclar en alta mar hasta que se decidiera qué hacer.

Al cabo de varias horas, llegó la orden de desviar el barco al puerto de Castellón, lo que supuso un trabajo logístico grande. Hubo que avisar a los familiares y facilitarles el desplazamiento de Valencia a Castellón. Hubo que trasladar a todos los funcionarios encargados de registrar a los repatriados, la atención sanitaria, la alimentación y la asignación de todo el pasaje, que eran unos 500, a su primer destino, donde serian registrados ya formalmente. El lugar elegido fue una casa de reposo “al estilo soviético” (paradojas de la vida) en Requena.

No se si tuvimos que pasar la noche en alta mar, pero lo que si recuerdo es que llegamos a Castellón de mañana.

Ahora que ya tengo edad y experiencia de vida, puedo imaginarme los sentimientos encontrados que debían embargar a mis padres y al resto de los adultos. Los niños como yo también estábamos en alerta sin tener nada claro lo que iba a suceder, ya que ni siquiera nuestros padres nos lo podían decir con certeza. Esa España añorada, esa familia española que no conocíamos, ese clima maravilloso que no podíamos imaginar, esas naranjas y frutas que debían de ser fantásticas…. un caos en la imaginación de cada cual. ¿Viviríamos mejor o peor?. ¿Podría ser que fuéramos todos a la cárcel?. ¿Qué nos tenía reservada esa “España soñada”?

El Crimea se iba aproximando al muelle, que estaba desierto. No se veía ni una persona, nada, vacío. Los pasajeros estábamos aseados, cambiados, con la emoción a flor de piel, todos sin excepción. Las personas conversaban de una manera natural, cada cual opinaba algo. Decían que a lo mejor las puertas del muelle estaban cerradas y por eso los familiares no estaban ahí. Cada cual imaginaba algo. De pronto se oyó un runrún de voces que se iban aproximando. A un lado del muelle había un portón con tela metálica que daba a algo así como el patio de una fábrica. Y por ese lado comenzó a aparecer una multitud harapienta, al estilo de la película “Los Miserables”, corrían, se empujaban, gritaban… El Crimea se quedó mudo en un silencio sepulcral. La turba siguió aproximándose hasta quedar al pie del barco, que ya estaba totalmente parado. Recuerdo ese momento en que los pasajeros, mudos, miraban a esa masa miserable y me imagino que a todos nos pasó lo mismo por la cabeza. ¿Serian nuestros familiares?  Pero no podía ser, las cartas de los que habían llegado decían que estaban bien, con algunas incomodidades, pero bien, y animaban a los que aún no se habían repatriado a que lo hicieran.

Algunos tiraron “papirosi”, otros algunas monedas rusas, provocando un tumulto dentro del tumulto. En eso aparecieron unos guardias civiles, amenazantes, y empujaron a esa turba de vuelta hacia donde habían entrado. Pasó un rato corto y se abrieron los portones del muelle. Empezó a salir gente vestida normal y con conducta normal, eran los familiares. El tumulto se armó en el barco, todo eran gritos de nombres, tanto desde el barco como hacia el barco. ¡Empezaron a reconocerse algunos, cuanta emoción! Todavía ahora al recordarlo me emociono. El muelle se llenó de gente, familiares, policías, enfermeras, imagino que autoridades… Se nos explicó que el desembarco debía hacerse con tranquilidad y sin aglomeraciones. No sé cuál fue el grado de orden, pero lo hubo.

Muchos años después pude entender aquella escena de “Los Miserables” que nos tocó presenciar. Colindante al muelle, había una fabrica de enlatado de pescado, tal vez sardinas, cuyos empleados se ponían ropa vieja o simplemente trapos para proteger su atuendo, pues el trabajo consistía en limpiar y procesar manualmente los pescados. De alguna manera se enteraron que el barco de los “rusos” había anclado ahí mismo; y por simple curiosidad escaparon literalmente de sus puestos de trabajo para contemplar cómo eran aquellos “rusos”. Eso fue todo, pero a nosotros nos dieron un buen susto.

Fuimos bajando en fila del barco. La gente había formado un pasillo libre para que pudiéramos pasar hacia las instalaciones techadas del muelle. En ese trayecto hubo situaciones dramáticas. Recuerdo a una anciana con una foto de un niño preguntando si alguien lo conocía. Imagino que sería una madre que nunca mas había sabido de su hijo evacuado; y lo más probable es que nunca más volviera a saber de él. Una señora muy atenta me agarró y me preguntó: ¿tienes hambre? Y yo, que soy y siempre he sido una hambrona, le dije que sí. La señora, volviéndose a los demás, dijo emocionada: ¡tiene hambre! Quién sabe en qué estaría pensando…

Para no extenderme demasiado, aunque os puedo asegurar que mi memoria es implacable con esos momentos -y lo recuerdo todo-, nos llevaron a los autobuses. El trayecto duró unas dos horas tal vez. Sabíamos que un guardia civil de paisano iba en el autobús, al igual que en los demás vehículos dispuestos para nuestro traslado, y veíamos que en el trayecto, cada cierto tramo, aparecía algún que otro guardia civil más o menos disimulado al borde de la carretera. Para mi gran sorpresa, de pronto, después de haber viajado casi media hora en silencio, alguien empezó a cantar. No cantaron canciones españolas, cantaron canciones rusas en ruso. Había comenzado la añoranza de lo dejado. 

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малина es colaboradora habitual de NR (один из наших).

Diario ABC, 24 de noviembre de 1956

En el diario ABC, en su edición de Madrid, de 24 de noviembre de 1956, se publicaron tres páginas con la relación de las personas repatriadas en en la expedición. En la imagen, una de las páginas.

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De nuestra vuelta se habla muy poco. Nos fue muy difícil a los que volvimos en el 1956 1957, en plena dictadura. Nos pusieron muchos impedimentos para encontrar trabajo, no reconocían nada. A mi, cuando me preguntaron de qué trabajaba en la Unión Soviética y dije que de técnico de la Central Telefonica de Dedovsk, me contestaron: “eso es trabajo de hombres“. Y como a mi, a casi todos; a una amiga mía le paso igual.

Vicenta

Niña de la Guerra

Castellón, 1956. Roberto Navarro.

En la imagen, durante el descenso del Crimea, mi madre y una hermana de mi padre. El pequeño que se tapa la cara soy yo. Roberto.

Recuerdo el temporal del barco, todo el mundo mareado en el comedor, la tripulación… Mi padre, Vicente Navarro, y yo nunca nos hemos mareado en los barcos. Mi padre, en plan de broma, decía que éramos “lobos de mar”.

Roberto

Hijo de "Niños de la Guerra"

“José Estrada participó, como integrante de Cruz Roja, en las operaciones de atención sanitaria a los repatriados del buque Crimea, procedente de Rusia que arribó al puerto de Castellón en tres ocasiones: el 23 de noviembre y el 18 de diciembre de 1956 y el 27 de enero de 1957. Llevaba castellonenses que habían sido repatriados a la Unión Soviética durante la guerra civil. Estrada rememora las fuertes medidas de seguridad “para acceder al barco”. “En el camino hacia el puerto ya nos pidieron la documentación”, afirma.

Otro detalle que permanece en el recuerdo de Estrada es “el intercambio de tabaco que pudimos hacer con los tripulantes rusos del barco”. Asimismo, cita el hecho de que “a Diego Perona, un castellonense muy conocido, no le dejaron bajar del barco y se reencontró con su familia encima del buque”.

Extraído de la noticia Los veteranos de la Cruz Roja, de Vicente Cornelles en El Periódico Mediterraneo, 16 nov 2008.

J.E.

Trabajador de Cruz Roja

Buque Crimea. Primera expedición.

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