Emilia Fernández Cueli. Avilés, febrero de 2020.
Emilia Fernández Cueli
Avilés, febrero de 2020.

Mar 20, 2021

Emilia y el cháinik

Gonzalo Barrena 

Cáucaso, de Paata Vardanashvili

Cáucaso. Imagen: Paata Vardanashvili

EMILIA Y EL CHÁINIK (tetera)

Gonzalo Barrena

Una de las últimas historias que le escuché a Emilia describía un episodio compartido entre ella y mi madre, en la travesía del Cáucaso. Dulce María tenía entonces 24 años, Emilia 17, y ambas huían de los alemanes junto a otros niños españoles, ya jóvenes, entre agosto y septiembre de 1942.

El pequeño grupo de Emilia y Dulce lo componían personas de más edad y una niña a quien le faltaba una pierna, seccionada por un vagón apenas unos meses antes. El grupo se rezagaba y en más de una ocasión caminaron entre las tropas rusas, que se replegaban, y la vanguardia alemana que intentaba darles caza.

El ejército nazi progresaba rápidamente en dirección a Bakú y al petróleo del Caspio, aprovechando las llanuras del Kubán, al pie del Cáucaso Norte, y a los españoles, que llevaban unos meses de cierta tranqulidad en Mostovoye tras la evacuación de Leningrado, les sorprendió la nueva invasión. No tuvieron tiempo de alcanzar el ferrocarril y hubieron de echarse al monte, buscando el nacimiento del río Labá y los pasos (perevaly) de la cordillera, cerca ya de los tres mil metros de altitud.

Dulce y Emilia repasaban periódicamente la travesía del Cáucaso, que entre puertos, glaciares, torrenteras y bosques, duró casi un mes hasta que llegaron -definitivamente a salvo de la guerra- a las inmediaciones de Sujumi, a orillas del Mar Negro. Aquel durísimo recorrido quedó grabado para siempre en la memoria de los repatriados, y lo revivían una y otra vez en las tardes de Rusia y memoria que tanto nos fatigaban, como niños que éramos, y cuyos datos mendigamos hoy entre conversaciones, correos e imágenes repletas de interrogantes.

Una de aquellas noches de agosto al raso, que a tal altitud siempre son intempestivas, Emilia cogió el cháinik (tetera) para rellenarlo de agua en el arroyo. Entre las muchas cosas de oriente que salpican Rusia, una es el té. Durante los crueles meses del cerco, en el Leningrado de 1941-1942, las teteras habían salvado los días y las vidas; a veces con té y muchas otras tan solo con agua hirviendo. La hidratación, el calor y la salubridad asegurada permitían llegar al día siguiente, que era la unidad elemental de tiempo en que se medía la supervivencia. Por ello, cuando salieron precipitadamente de Mostovoye, el cháinik no quedó atrás.

El río Labá es caudaloso porque, incluso en verano, los glaciares altos no dejan de alimentar el cauce. Se bifurca a mediana cota en el Bólshaya (gran) Labá y el pequeño, pero todavía hoy no sabemos a ciencia cierta qué curso de ambos siguieron los españoles. Todos ellos recordaban que los soldados soviéticos aguardaban a que los civiles cruzasen los puentes para volarlos inmediatamente después y seguir subiendo hacia los puertos. El pequeño grupo de Emilia y Dulce era sobrepasado a veces por los propios alemanes, que tardaban menos en habilitar de nuevo los pasos que el empleado en las voladuras. Entre ambas tropas, caminaban los nuestros evitando el contacto con los nazis, perversamente empeñados en detectar judíos entre la población que huía.

La noche en que Emilia se dirigía al río para rellenar la tetera, mi madre le advirtió sobre el obligado silencio, por la cercanía de los soldados alemanes. Pero el curso alto del Labá, descarnado por el hielo y la nieve de tantos inviernos, está sembrado de pedreros. Emilia tropezó, perdió la tetera y el metal sonó de canto en canto hasta que tuvo a bien detenerse, cerca del cauce.

– ¡ La riña que me cayó de tu madre ! -exclamaba Emilia con esa risa suya, cuando repasaba hace unos meses y por enésima vez el azaroso tránsito del Cáucaso y sus perevales.
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Emilia Fernández Cueli falleció en Avilés el 19 de marzo de 2021

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